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El ángel Reverie (apodado cariñosamente por la diosa como Ren) fue el primer dévoto a la diosa, adoptando el puesto de guardian de la misma. En el limbo, las criaturas que llegan a este lugar pierden su cuerpo, a excepción de los dioses y los ángeles, ya que los cuerpos de estos pueden pasar de un mundo a otro sin necesidad de utilizar los portales del limbo. Sin embargo, cuando la diosa Nerea o sus ángeles quieren viajar a otros planos astrales, utilizan los portales del limbo, dejando sus cuerpos dentro del mismo. Normalmente, los recuerdos son dejados atrás junto con el cuerpo y solo regresan cuando el alma se encuentra en el limbo. En este caso, fue una excepción. Sí, yo soy el ángel Reverie, encargado de proteger a la diosa y en la actualidad de compartir algunos de mis conocimientos con la humanidad.

Me disculpo de antemano si la pequeña se descontrola un poco. Dudo que ocurra teniendo en cuenta su forma de ser, pero si llegase a suceder; es una chica de gran corazón, así que no se lo tengáis muy en cuenta. Después de todo, de no ser por ella este lugar sería muy similar al Naraka.

Por si os preguntáis cómo sé tanto y la razón de que conserve mis recuerdos; en el limbo, la diosa y los guardianes somos los encargados de borrar la memoria de las almas que entran a este, por lo tanto, si salimos del limbo sin haber "borrado" primero nuestros recuerdos, conservaremos nuestros conocimientos incluso aunque cambiemos de cuerpo en los demás planos astrales.

"Borrado" entrecomillado debido a que los recuerdos no son perdidos sino almacenados. En lo profundo del limbo, se encuentra una biblioteca de recuerdos donde son almacenados todos nuestros conocimientos, existen varias secciones dentro de la misma, siendo llamada "Biblioteca Central" la parte donde se almacenan los recuerdos de la diosa Nerea. Todo aquél que entre a la biblioteca, será capaz de ver en primera persona los recuerdos que elija "rememorar", esa es la razón por la cual poseo información de la creación del universo y de las vidas presentes, pasadas y futuras de las almas que hayan pasado por el limbo y cuyos recuerdos hayan sido almacenados.

El limbo existe en un plano astral fuera de los límites del tiempo, pudiendo viajar no solo entre planos astrales sino también entre épocas distintas.

Mi función hasta ahora ha sido encargarme de la biblioteca y guardar un registro de las vidas de la diosa, pero no siempre fue así. Como otros de sus guardianes, yo también fui un alma cualquiera esperando ser encontrada.

No todo es color de rosa

"No siempre fui un ángel" me gustaría poder decir, pero es cierto que los primeros recuerdos que poseo fueron los de haber sido un ángel.

Por aquél entonces, era un ángel de la guarda, y ya fuese por suerte o dicha divina, la humana de la que me tocó cuidar fue Nerea, aunque cuando la conocí su nombre no era ese, sino Calypso cuyo significado en griego es "la que oculta". Era una niña revoltosa con muchas energías, lo cierto es que durante un tiempo se me hizo insoportable tener que cuidar de ella, me pareció uno de los peores encargos que había tenido hasta la fecha. La niña corría de arriba para abajo sin darme tregua, era un vaivén interminable y se puso peor en cuanto creció.

Nacida en una casa de clase baja y criada en una familia de siete miembros. Su padre, su madre, sus tres hermanas y sus dos hermanos. Cierto es que me tocó la más revoltosa, pero siento compasión por el pobre ángel que tuviera que encargarse de las trillizas, si la mía estaba loca, sus hermanas estaban como para meterlas en un manicomio. Aunque admito que no tenía tiempo para aburrirme.

A principios del siglo XIX Inglaterra se había convertido en el primer país en experimentar la revolución industrial, lo que conllevó un incremento de la población y la aparición de una sociedad industrial y urbana. Muchos británicos emigraron a Estados Unidos, pero a la vez llegaron inmigrantes de otros países como Irlanda, Rusia, etc.

Aun a principios del mismo siglo, los pueblos que formaban parte del Imperio Otomano comenzaron su lucha por la independencia; en el caso de Grecia la revolución se inició en el año 1821, contó con el apoyo de alemanes e ingleses, que pretendían resucitar el espíritu de la antigua Grecia. Debido al constante conflicto en su tierra, la familia de Nerea perdió su hogar y se vio obligada a emigrar como muchos otros a Inglaterra, donde gran parte de la sociedad trabajaba en la industria. Este hecho provocó que los pequeños artesanos perdieran sus lugares de trabajo. Las factorías reclamaban sobre todo mujeres y niños para trabajar y así pagar sueldos menores; aun así, los niños trabajaban más de doce horas con condiciones laborales deplorables.

Cuando llegaron a Inglaterra, lo primero que intentaron fue conseguir un trabajo honrado, pero el padre de Nerea trabajaba de relojero y con la situación Inglesa respecto a la artesanía, se vieron obligados a comenzar trabajando con sus hijos en una fábrica de fusiles. Los primeros en conseguir trabajo fueron sus hermanos de entre 12 y 13 años, 13 el mayor y 11 y medio el pequeño, y su madre. El padre de Nerea se quedaba en la casa cuidando de las 4 niñas que contaban con 5 años las trillizas y 7 Nerea.

Pasaron los años, sus hermanos contaban con 16 y 17 años, su padre era contratado regularmente, pero sus empleos no duraban mucho. Intenté hablar con otros compañeros ángeles, pero al parecer la situación laboral era casi idéntica para todos; muchas horas y sueldos pobres.

Un día, durante la jornada de sus hermanos y madre, se produjo un incidente en la fábrica, alguien había dejado pólvora en el suelo, la cual reaccionó con el fuego de uno de los mecheros de uno de los jóvenes que fumaban dentro de la fábrica pese a estar terminantemente prohibido. La pólvora fue provocando una reacción en cadena por toda la fábrica, condenando a todos los que se encontraban dentro a una muerte segura.

Tanto los hermanos como la madre de la diosa murieron aquél día, y la fábrica se negó siquiera a pagar una indemnización a las familias de los difuntos. El padre de Nerea intentó demandarles, pero simple denuncia de un inmigrante don nadie no fue ni escuchada. "Es todo culpa de esta sociedad clasista" eran el tipo de palabras que solían escuchar las hermanas por parte de su ya abatido padre.

Su padre junto a otros hombres cuyos familiares habían muerto en aquella fábrica, decidieron empezar una revuelta, pero no tardaron en ser diezmados por los soldados ingleses. Justo el mismo día en que Nerea cumplía los 13, comenzó la más contundente de las manifestaciones que había llevado a cabo, su padre le prometió que pronto todo habría acabado, le prometió justicia como regalo de cumpleaños. Llegó la hora de la verdad y allí se encontraban los manifestantes, pero algo andaba mal, los ingleses llevaban sus armas fuera y parecían dispuestos a abrir fuego... Los que suplicaron piedad y juraron no volver a intentar algo similar consiguieron salvar el pellejo, mientras que todos los demás fueron masacrados para impedir conflictos mayores, entre las muertes se encontraba la del padre de Nerea, el cual nunca llegó a conseguir cumplir la promesa que hizo con su hija.

A la madrugada del día siguiente, un hombre de mediana edad se presentó en casa de la pequeña de recientes 13, dándole la noticia de la muerte de su padre y otras 5 personas más. Desde ese momento, la niña y sus hermanas irían de casa en casa, siendo cuidadas por las familias de aquellas personas que se había rendido ante los oficiales ingleses.

Desde que Nerea y sus hermanas comenzaron a vivir de casa en casa, no era muy difícil escuchar críticas como "Abandonar a sus hijas de ese modo" o "Si tan importante era para él la familia..." respecto a su padre, razón principal que llevaba a muchas peleas iniciadas por la niña intentando defender el honor e integridad de su difunto padre.

Con respecto a las trillizas, eran más calmadas en ese aspecto, a la edad de 14, eran mucho más calmadas y sensatas que su hermana mayor, intentándola hacer entrar en razón en más de una ocasión. Sin embargo, las injusticias no eran algo con lo que a la joven diosa se le diese muy bien lidiar.

Llegando a sus 19, ni Nerea ni sus hermanas disponían de un futuro en la sociedad, habían desaparecido de la historia en el mismo momento en que su padre había muerto. Si se enteraban de que habían estado cuidando de las hijas de un supuesto anarquista, las familias que habían cuidado de ellas se meterían en una encrucijada, por lo que ni siquiera podían deshacerse de ellas dejándolas en la calle. La única opción restante era casarlas fugitivamente con los varones de aquellas familias para así proporcionarles un techo y a su vez darles utilidad como amas de casa.

Las trillizas parecían haber aceptado aquello como la mejor solución, pero para Nerea aquello era inaudible. Su vida parecía haber terminado desde el mismísimo momento en que llegaron a Inglaterra.

Huyendo de la responsabilidad de casarse con el hijo de alguna persona que seguramente habría criticado a su padre en más de una ocasión, Nerea escapó de casa. Sin lugar al que recurrir, acabó en los barrios marginados, como otra carterista más que robaba a otros para poder vivir.

Viéndola en tal situación, deseé poder estar a su lado y ayudarla, no como un ángel de la guarda, sino como una persona útil que realmente pudiese llevarla a encontrar una mejor vida, pese a ello, estaba terminantemente prohibido para los ángeles interferir de forma directa con los humanos. Era un pecado que costaban las alas de el que osase desobedecer las reglas. Eran pocos los que se arriesgaban a perder sus alas, pero los que se atrevían y eran castigados por ello, pasaban a ser llamados ángeles caídos; considerados como escoria.

Apenas año y medio después de comenzar a vivir en las calles, un hombre sospechoso capturó a Nerea cuando ésta se disponía a robar a un mercader. En primera instancia, la chica pensó que la razón era castigarla por sus hurtos, sin embargo el hombre habló:

-Eres hija del relojero que murió hace años en la revuelta, ¿Me equivoco? Tenía entendido que vivías en casa de unos escritores.

-¡Eso no es de incumbencia de un truhan como usted, asaltando damas por la calle! -Intentó ella evadir la cuestión presentada por el caballero dos cabezas más alto-.

-Yo soy el truhan cuando acabo de salvar a ese pobre hombre de una taimada ladrona como tú... interesante... y ahora dígame, señorita ¿Por qué permanecer en las calles teniendo un hogar al que regresar?

-Ese lugar no es un hogar en lo absoluto... -contuvo un arrebato de impotencia mordiéndose el labio levemente-. no consideraré hogar un lugar donde el honor de mi padre sea mancillado por una panda de borregos ilusos incapaces de comprender el significado de justicia.

-Justicia, dices...-los ojos del varón brillaron con interés-. Me gustaría discutir contigo un poco más sobre ese sentido de la justicia al que haces alusión, pero lo primero...-miró a su alrededor, las calles se estaban empezando a abarrotar de gente-. será mejor hablar en privado. Ven a reunirte conmigo a la antigua fabrica de fusiles, te estaré esperando allí a la media noche.

En menos de un suspiro, el hombre se esfumó entre la multitud, sin dejar rastro alguno de haber pasado por allí.

El asesino y la daga

La entrada a la fabrica no era más que un montón de escombros impidiendo el paso, sin embargo, no era del todo imposible entrar al edificio. La onda expansiva provocada por la detonación había abierto otra entrada diferente, rodeada de restos de metralla.

Nerea no se lo pensó dos veces y entró al edificio en ruinas. En su interior se encontraba todo carbonizado, era lamentable de ver. Sin embargo había algo fuera de lugar en todo aquello... las plantas superiores habían caído mientras que la entrada parecía casi intacta a excepción de la entrada, la cual había quedado visiblemente bloqueada, lo cual no tenía sentido ya que el peso de las plantas superiores unidas al impacto producido por su colisión contra el techo de la primera planta debería haber provocado que esta colapsase también. Y lo que es más, teniendo en cuenta que la primera planta se encontraba casi intacta, los trabajadores en ella podrían haber sobrevivido, trabajadores entre los que se encontraban... su madre.

Pero aquello era imposible, ¿Por qué habrían desaparecido si no habían muerto?

Tanto Nerea como yo estábamos confusas. Conforme avanzábamos en la construcción derruida; encontramos cadáveres, pero no habían sido aplastados bajo ningún escombro, no habían muerto a causa de falta de oxigeno, no, habían sido acribillados. Sangre seca de hacía años manchaba el pavimento, ya ennegrecida, casquillos de fusil desperdigados en el suelo. Parecían haberse peleado entre ellos, pero aquello también carecía de sentido ¿Por qué no escapar? ¿Por qué iniciar un tiroteo pudiendo haber salvado la vida? Las acciones de los humanos podían a veces ser todo un dilema.

"Extraño, ¿No es así?" comentó una voz familiar, posando una mano sobre el hombro de Nerea. Esta se giró alarmada, tan solo para encontrar al hombre que apenas hacía unas cuantas horas la había citado a aquella fábrica que la obligaba a añorar a sus hermanos y madre.

-¿Qué significa esto? Nunca nadie habló de un tiroteo el día del incidente.

-Directa al grano, veo que los jóvenes no perdéis el tiempo -El misterioso hombre le dio la espalda e hizo un gesto para que le siguiese-. Si buscas respuestas, este es el lugar idóneo, y si lo que buscas es justicia... yo soy el hombre indicado.

-¿Respuestas a qué exactamente?

-Al día del incidente... más concretamente al encubrimiento de las muertes de 47 trabajadores.

Se acercó a unas escaleras obstruidas por escombros y le dio un par de toques con su bastón, a la luz que incidía de entre las grietas del edificio, el hombre parecía mucho más fornido y vigoroso. Su chistera ensombrecía su rostro con aquella iluminación, sin embargo sus rasgos gruesos y rostro redondeado eran bien apreciables. Su cabello bermellón y ojos esmeralda parecían relucir con la mínima claridad. Parecía una persona difícil de olvidar.

-¿No crees que es extraño? Que todo el edificio volase en pedazos a excepción de la primera planta -tomó una pausa para dejar la pregunta rondando nuestras cabezas-. Si te fijas en el material con el que está hecho el edificio, podrás apreciar que el de la planta de arriba es un material endeble mientras que la de abajo es robusta. Interesante, ¿No es así? Es como si hubiese estado planeado desde el principio.

-Planeado... ¿Por qué construirían una fábrica precisamente para destruirla?

-Eso es lo que llevo un tiempo investigando.

El señor, el cual se presentó como un tal Edward, empezó a explicar los sucios tejemanejes en los que el dueño de la fábrica se encontraba envuelto. Nerea le escuchó atentamente, apenas dando crédito a la oleada de información a la que la estaba sometiendo el pelirrojo.

Hasta el desarrollo de la bala Minié a mediados del siglo XIX, la principal desventaja de un fusil en comparación con un mosquete era su lenta recarga debido al empleo de una bola de plomo que encaje en las estrías y a la alta probabilidad de acumularse suciedad en el ánima después de un empleo prolongado, que eventualmente imposibilitaría la recarga y dejaría inutilizado al fusil hasta que fuese limpiado. La adopción de la bala Minié básicamente anuló estas desventajas y permitió que el fusil reemplazase por completo al mosquete.

El fusil largo fue popularizado por armeros alemanes que habían emigrado a la América británica, llevando consigo la tecnología del estriado. La precisión obtenida por el fusil largo hizo que fuese una herramienta ideal y que muchas fábricas compitiesen por la producción de las mismas.

Los conflictos en la mayoría de ocasiones eran sufridos más por la mano de obra que por los dueños de las fábricas, los cuales a cambio de conseguir lo que querían; no se preocupaban de sus trabajadores.

Edward explicó su punto a la joven. Había descubierto tras años de investigación que el incidente en la fábrica había sido provocado, aun no conocía las razones, pero el culpable había sido el mismísimo dueño de la fábrica, el cual vivía en una mansión en el centro de Londres.

El señor Edward trabajaba como alarife, si bien antes de ello él junto a su hermana Eleonora, trabajaban en aquella fabrica. El día del accidente perdió a su hermana, la cual seguía trabajando pese a que él había cambiado al oficio de alarife y ella estaba prometida con el hijo de un banquero Irlandés. Desde su muerte, juró impedir que el causante saliese impune.

Una vez explicada la situación, Edward le propuso un plan a Nerea, que consistía en formarla para ser capaz de acabar con la vida del empresario. La idea era entrar a la mansión presentando una solicitud de trabajo que Edward se aseguraría que fuese aceptada, mientras que Nerea tan solo tendría que ganarse la confianza de los dueños de la casa y los demás empleados. Parecía una idea nefasta. No solo era peligroso, sino que el mero hecho de asesinar a otra persona supondría que ella también moriría en la horca al ser descubierta.

Era un suicido, y aun con ello decidió formar parte del arriesgado plan de Edward. Era inaceptable, de entre todas las cosas que podría haber elegido; ¿Era este el camino que decidía recorrer?

Primero fugándose de casa y negándose a aceptar una vida honrada, después viviendo de las desgracias de los demás, ¿y ahora planeaba vivir cobrándose las vidas de otro? Ojo por ojo, diente por diente, era comprensible su deseo de vengar las muertes de su familia, de buscar justicia por la vida que le fue arrebatada, pero si continuaba por aquel camino, su alma acabaría siendo juzgada en el Hades y quién sabe cuál sería en veredicto de los jueces.

Pasaron los días, Nerea recibía un arduo entrenamiento por parte de Edward, que a su vez analizaba el potencial de la joven. Su primer encargo sería poner a prueba sus habilidades en combate.

Se habían estado esparciendo ciertos rumores de un sujeto enmascarado que aparecía por las inmediaciones de la catedral de san pablo, el por aquél entonces edificio más alto de todo Londres, y asaltaba a las damas entre 15 y 25 años para violarlas y saquearlas. Según la descripción, era un hombre moreno de raza caucásica rondando los 30 por su corpulencia.

La misión de Nerea sería deshacerse de tal deshecho humano. Llego a estar en persona y hubiese impedido que aceptase tal excentricidad, sin embargo la respuesta de la chiquilla fue positiva.

Y allí se encontraba, vestida con los antiguos ropajes de Eleonora, caminando cerca de la catedral y esperando ser asaltada. "¿Pero qué tenemos aquí?" a sus espaldas, un hombre algo encorvado con sonrisa demente y las manos tras de si, la saludaba juguetonamente. En sus manos, un cuchillo de carnicero que centelleaba con el reflejo de la luna.

Un hombre armado, ¿Acaso Nerea sabía defenderse de algo así? Pese a todo el entrenamiento recibido, no era más que eso, un entrenamiento. ¿Cómo iba a enfrentarse sola a una pelea en la que se jugaría la vida? Aquél hombre ya había atacado a muchas otras, pero estaba segura de que las demás no opusieron resistencia debido al miedo que debió haberles supuesto el acontecimiento. En el caso de Nerea... ella iba a enfrentarlo... un hecho que podría hacer reaccionar al criminal de quién sabe qué forma. En el peor de los casos podría asesinarla y utilizar su cadáver de forma indebida.

No debía, sabía que no debía, a los ángeles se nos prohibía interactuar con los humanos de forma directa, fuera cual fuese la situación. Era consciente de ello, mas no pude contenerme. La misma irracionalidad de la que muchas veces me quejaba que tenía Nerea, se apoderó de mi.

Un joven rubio; de ropajes completamente blancos cual lucero y electrizantes ojos zafiro, apareció de entre las sombras noqueando al carnicero y encarando a Nerea. Sí, aquél joven era yo.

Desobedeciendo las normas y haciendo caso omiso de mi uso de la razón, me aparecí ante ella y corté por lo sano, dejando al desconocido fuera de combate antes de que siquiera hubiese comenzado el mismo. Nerea se veía profundamente contrariada, sin embargo no tardó en reaccionar.

-¡Tú eres el violador de la catedral!, ¿¡Me equivoco!?

Preguntándole al principal sospechoso si es culpable... aquella pobre ingenua parecía no haber cambiado en lo más mínimo. Si la dejaba suelta por ahí jugando a la heroína, lo más probable es que acabase muerta en poco tiempo. Edward... a veces me preguntaba si creía de verdad que lo que hacía tenía algún valor. No le respondí, simplemente avancé un par de pasos, pero paré en seco. Estaba justo frente a mi.

"No has contestado mi pregunta" era rápida para una humana normal, demasiado rápida de hecho. Y lo más importante, no había hecho ningún ruido al acercarse a mi. Era similar a una sombra, ¿Era a causa del entrenamiento de Edward o podría deberse a...? Tenía que comprobarlo por mi misma.

-¿No estás siendo muy descarada? -pregunté, posicionándome justo detrás suya e inmovilizando sus muñecas-. a este juego de rapidez pueden jugar dos.

-Si no respondes, tomaré tu silencio por respuesta.

No le fue necesario intentar zafarse de mi agarre, pues había olvidado cierto punto débil que me convenía haber recordado. Dio una patada hacia atrás golpeándome las pelotas, lo cual ocasionó que la soltase. "Vale, punto para ti..." pensé, llevándome la mano a la entrepierna. La miré de reojo, por primera vez me daba cuenta de todo lo que había crecido. Ya no era ninguna niña, sino toda una adulta.

Era doloroso... no solo lo de la entrepierna. Pensar que en tan poco tiempo había pasado de ser tan solo un retoño a convertirse en una mujer hecha y derecha... me entristecía de cierto modo.

No era la primera humana de la que me encargaban cuidar, y tampoco sería la última, entendía eso y hasta ahora la vida de los humanos tan solo había sido una molestia. Nacen, crecen y mueren. Durante toda su vida tan solo hacen cosas pequeñas, e incluso las cosas grandes tan solo es cuestión de tiempo que sean sustituidas por otras. Era una existencia monótona y sin sentido, cosas como la venganza y el odio no tenían sentido cuando en poco tiempo pasarían a no significar nada.

Pero siendo así, ¿Por qué parecía afectarme de algún modo que fuese a sucederle lo mismo a ella? No lo entendía del todo, aunque era normal encariñarse con el humano al que has sido asignado. Verles crecer para luego tener que ver cómo su vida termina... siempre era algo incómodo, pero tenía que suceder.

Estaba tan absorta en mis pensamientos que no lo vi venir. En un abrir y cerrar de ojos estaba tirada de boca en el suelo con Nerea encima mía inmovilizándome.

-¡Eh, eh! ¿¡Qué crees que estás haciendo!?

-Dijeron que el sujeto que busco rondaba los 30 y tu pareces tener mi edad, ¿Quién eres y por qué has noqueado a ese hombre? -espetó sin moverse un centímetro-.

"Soy tu ángel de la guarda y le he noqueado porque quería protegerte" claro, le digo eso y acabo derecho en el manicomio más cercano.

-Si te quitas de encima te diré lo que quieras saber.

-¿Qué me garantiza que lo harás?

-No hay garantía de ello, pero si ya me has inmovilizado una vez, ¿Qué te impide hacerlo dos veces?

Se levantó de encima mía y esperó a que me incorporase. ¿Esta chica iba a convertirse en asesina? Ni siquiera parecía tener una pizca de malicia.

-¿Por qué no me has matado ya si sospechas tanto de mi? -pregunté, sintiendo la pregunta-.

-Tengo entendido que el sujeto que busco es agresivo, y tú ni siquiera coincides con la descripción física, pero... has dejado K.O a una persona justo delante de mi...

Es decir, ¿Llego a coincidir con la descripción y estoy muerto o como va la cosa? De cerca, los humanos se veían muy distintos. No solo eso, estar en forma humana tampoco se sentía para nada mal, ahora comprendía un poco mejor las razones de los ángeles caídos. Pero la mayoría, lo hacían por haberse enamorado de un humano, podría ser... No, aquello era una tontería. Aunque mirándola de frente...

Su largo cabello castaño claro parecía sedoso, sus relucientes ojos color caramelo tenían cierto brillo inteligente y en cuanto a su expresión dulzona, provocaba una punzada de ternura. Era mona, nada más. Había cientos de humanos iguales a ella, no, miles. Enamorarme de ella y convertirme en un ángel caído era algo que no podía permitirme, ya me había arriesgado demasiado por la vida de alguien de quien posiblemente me olvidaría en menos de una década.

-¿Y si lo soy? Las apariencias engañan.

Sonreí con vanidad, escupiendo las palabras con marcado desdén para comprobar hasta qué punto pretendía permitirme darle largas. Me pasé de la línea sin tener que esperar mucho, pues dejó caer sobre mi una contundente patada que apenas fui capaz de contener. Pensar que tan solo había pasado un mes entrenando con Edward y ya poseía tanta fuerza y precisión en sus golpes provocó que un escalofrío recorriese mi espina dorsal.

Apenas habiendo sido capaz de bloquear el primer golpe, ya estaba recibiendo el segundo y el tercero, como había podido comprobar nada más verla; era rápida, demasiado. No tuve más opción, retrocedí un par de pasos manteniendo una distancia prudencial entre ambos. Si me descuidaba lo más probable sería acabar con un par de costillas rotas, pero tampoco me terminaba a contraatacar.

Vi algo centellear al reflejo de la luz de la luna. Instintivamente me hice a un lado, observando cómo el casi imperceptible destello tomaba forma a mis pies; era un cuchillo, el cual estaba clavado en el suelo a apenas unos centímetros de mi ¿¡Cuándo había aprendido a lanzar cuchillos de aquella manera!? Para ser su ángel, admito que tampoco le prestaba mucha atención...

"Esto ha empezado serio" bromee, encogiéndome de hombros, lo cual pareció cabrearla, pues cambió su forma de pelear. Sabía lo que pretendía, su estrategia era confundirme, sin embargo ya le había escuchado hablar de aquella estrategia con Edward. Cambiar la velocidad y dirección de sus ataques y dejar fisuras en su propia guardia precisamente para que el contrincante intentase aprovecharse y así saber dónde atacaría antes de hacerlo. Pero para su desgracia, la conocía demasiado bien.

Ignorando las oportunidades de inmovilizarla e incluso asesinarla que ella misma me estaba ofreciendo, me limité a seguir esquivando hasta que se cansase, lo cual no fue pronto. Harta de simplemente esperar, entré voluntariamente a su trampa. Bloqueé un golpe lateral dirigido a mi cabeza y mantuve agarradas sus manos, pero al contrario de intentar retirarse, se quedó quieta. Ya me esperaba otra patada en la entrepierna, pero no lo hizo. Mirándola de cerca, parecía exhausta, jadeando por todo el esfuerzo físico al que estaba sometiendo a su cuerpo sin dejar pausa entre golpe y golpe. En vista de que no pretendía continuar con la cruzada, la solté por decisión propia.

-Sé que no debería haber sido tan creído... -intenté disculparme-. el sujeto al que dejé inmóvil llevaba un cuchillo, así que pensé que podría ser peligroso si se te acercaba.

Habría apostado cualquier cosa a que una respuesta como aquella no habría hecho más que enfadarla, sin embargo parecía todo lo contrario. Me dirigió una mirada de fervor y entusiasmo que nunca antes había visto. Pese a estar sudada y con el pelo revuelto, conservaba una chispa que la hacía ver adorable cuando adoptaba ese gesto de expectación. "Estás perdonado si me enseñas esa defensa" sus palabras me sacaron del trance en el que había entrado yo sola, ¿Cómo que enseñarla? Si después de aquella nochecita todos los ángeles del cielo estarían buscando mi cabeza.

-Mira, yo...

-¡Con tu ayuda y la de mi maestro sé que me convertiré en la perfecta asesina! -me interrumpió-. Por favor, sé que no eres una persona normal, puedo verlo en tu rostro.

Admitiendo ser una asesina y pasando de intentar darme una paliza a que la ayudase... una de dos, no le duraban los enfados o era bipolar. Decantándome más por la segunda... No podía aceptar hacerme cargo de su entrenamiento, para los ángeles era algo innato, no una habilidad adquirida, es más, no tenía idea de cuándo vendrían a llevarse mis alas... y mi vida.

Entre los ángeles, los que no se encargaban de cuidar de otros seres vivos, eran asignados a misiones de exterminio. Ángeles dedicados a acabar con la vida de aquellos que osasen perturbar la ley y el orden. Con mi suerte, lo más probable es que uno de esos ya estuviese de camino en busca de mi cabeza. En otras circunstancias estaría aterrada, pero por alguna razón ni siquiera me importaba que uno de ellos me estuviese buscando. No quería tener que cuidar de otro humano después de Nerea, estaba cansada de ello y había encontrado el por qué.

Mis relaciones con los humanos, al igual que las del resto de los ángeles, eran vacías. Me limitaba a observar como sus vidas se mantenían en constante cambio pese a ser tan cortas, ajena a ellos. No fue hasta que no tuve a un humano justo en frente que no me di cuenta de que no éramos tan distintos. Fue entonces que comprendí que las reglas existían por nuestro propio bien. Si nunca me hubiese encontrado de frente con ella, no se me habría pasado por la cabeza el dejar mi deber de cuidar de otras almas, tan solo lo hubiese seguido haciendo sin sentirme ni un poco apegada a mis encargos, si no hubiese escuchado el sonido de su voz resonando en mis oídos para dirigirse a mi, en estos momentos no sería su primera devota.

Aquella chica que había visto crecer y desarrollarse, estaba haciendo caso a un simple desconocido que parecía compartir los mismos ideales que ella. Sin siquiera pararse a pensar por qué no se encargó él mismo de sus asuntos hacía ya tiempo en vez de pedirle ayuda a ella. Por alguna razón, el hecho de que me pidiese enseñarla me hacía feliz, pero no quería a ayudar a crear el arma perfecta para Edward, una persona que parecía enviar a otros a hacer el trabajo sucio.

-Tienes razón, no soy una persona normal -esbocé una media sonrisa-. Pero eso no significa que tenga que ayudarte ni que vaya a hacerlo.

-¡Pero...!

Liberé una bola de energía en forma de un destello de luz cegadora y desaparecí sin dejar evidencias. Con suerte, ningún otro ángel me habría visto y de haber sido testigos de la liberación de energía, estarían lo suficientemente lejos como para ser incapaces de determinar qué o quién podría ser el canalizador de dicha energía. Deseaba haber tenido la fortuna de mi lado, solo un poco más, lo suficiente para poder permanecer a su lado hasta el final de sus cortos días. En aquellos momentos, me alegraba el hecho de que aquellas personas que habían cometido algún pecado perdiesen a sus ángeles, de lo contrario, me había visto en problemas mostrándome desvergonzadamente ante los humanos. Pero a su vez, me preocupaba profundamente...

Los ángeles vigilamos a nuestras almas asignadas desde que consiguen conciencia en su nuevo cuerpo hasta que cambian a otro o son consumidas. Estamos encargados de vigilar y guiar a estas almas hasta el momento en que sus cuerpos mueran, si cometen algún pecado en vida debemos reportarlo en el Hades y dependiendo de cuál sea, el alma puede llegar a perder a su ángel, y en el momento de su muerte caer al Naraka. Todos los seres vivos exceptuando a las plantas ya que son incapaces de tomar decisiones por su propia cuenta, poseen un ángel vigilándolos. Ellos no lo saben, pero ahí estamos, siempre vigilantes, es por ello que cuando una persona carece de ángel, es sabido que no es de fiar. Tanto Edward como aquél hombre carecían de uno... algo que me inquieta.

No solo eso, siempre que yo sea la única que vea las acciones de Nerea, puede estar a salvo, pero si mata a una persona inocente y no la reporto... el ángel de esa persona no tendrá tanta piedad, y en ese caso no solo no podremos vernos más, sino que yo perdería mis alas en cuanto se enterasen. En el mejor de los casos acabaría como una fugitiva... Con esto no quiero decir que planee volver a verla, si aun no se han enterado de lo que he hecho, solo sería cuestión de tiempo que lo hiciesen si se vuelve una costumbre... no, no me volveré a encontrar con ella... probablemente...

Ama de llaves

Aquella noche vi cómo Nerea intentaba buscarme, lo cual tenía su gracia ya que todo el tiempo que se paso buscándome estuve a su lado.

Ángeles de la guarda... para la mayoría de los humanos, por no decir todos, éramos invisibles en nuestra forma alada. Pese a estar en el mismo mundo, nuestro plano astral era distinto, como los fantasmas, una mera proyección desde nuestros verdaderos planos. Desde que nace hasta que muere el cuerpo del alma a la que estamos ligados, una pequeña parte de nuestro ser es vinculado a ese mundo, lo cual nos sirve como un portal que podemos utilizar para viajar entre planos sin perder nuestro "cuerpo". Para nosotros, seres sin género, entrar al mundo humano es casi nocivo; nuestro cuerpo tiene que ajustarse a las normas del plano astral al que accedemos y decantarse por un género, abandonando nuestra condición antibiológica. Algunos lo aceptan mientras que otros... no duran demasiado.

La noche precedió al día rápidamente, o por lo menos así fue desde mi punto de vista. A juzgar por sus ojeras, debió de haber sido una larga noche para ella. Una vez se dio por vencida, volvió a casa de Edward, donde éste la esperaba pacientemente.

-He escuchado que encontraron al violador desmayado tras la catedral -la felicitó su maestro-.

-Oh, si...

-¿Estás bien? Se te nota apagada. Ve a dormir, esta noche te tengo que mostrar algo.

Estaba demasiado agotada como para siquiera preguntar de qué se trataba, subió las escaleras, entró a la antigua habitación de Eleonora y se dejó caer sobre la cama, quedando dormida al instante. Me senté a su lado, no podía verme ni sentirme, daba igual lo que hiciera. Me acerqué para apartarle el pelo de la cara, pero justo como me imaginaba, mi mano la atravesó como un holograma. No sabía en qué estaba pensando ¿Que volverme un humano durante unos momentos me hacía diferente al resto de ángeles? Pensamientos como esos solo tenían cabida en la mente de un ángel caído, cosa que yo no era. Sin embargo... como ángel me era imposible siquiera rozar su piel, pero como humano, aquello era otro cantar.

¿Qué me diferenciaba de un ángel caído? Pensando que mientras otros no me viesen, estaría bien hacer lo que quisiese... Por primera vez desde que tenía uso de razón, las horas humanas se me tornaron años. Antes de que me diese cuenta me encontraba barajando la idea de volver a tomar forma humana, pero fui salvada por la campana.

Edward entró a despertar a Nerea, la cual no parecía muy por la labor de querer levantarse. "¿Entonces no quieres saber dónde está el causante de la muerte de tu familia?" Como impulsada por un resorte, se levantó de la cama en un abrir y cerrar de ojos y echó a Edward de la habitación para cambiarse de ropa. Observé un tanto aburrida cómo se cambiaba de ropa y guardaba un par de cuchillos bajo su manga "Así que ahí los guardaba..." pensé, recordando el cuchillo que casi atravesó mi cuerpo la noche anterior. Me percaté de que esta vez llevaba un tipo de ropa más ligera y oscura. Supuse que era algo normal, después de todo iban a salir en busca de alguien que no dudaba en acabar con cientos de vidas por lo que parecía un mero capricho.

Su rostro estaba cubierto, al igual que el resto de su figura. Era difícil distinguir si se trataba de un hombre o una mujer bajo aquellas prendas, lo cual me aliviaba un poco. Si otros ángeles no podían distinguirla y yo tampoco decía nada, era imposible que nos descubriesen, ¿No? Ya volvía a pensar en encubrir sus pecados... Si continuaba de aquella manera, tendría que acabar dando muchas explicaciones.

Era la hora, Nerea y Edward se disponían a salir en busca de una tal "Elizabeth". Dijeron de salir, pero en vez de bajar por la puerta salieron al balcón. No entendía muy bien por qué hacían eso... Hasta que vi a Edward coger carrerilla, saltar del balcón, agarrarse al alfeizar de la ventana de la casa de enfrente y escalar por ella hasta el tejado. Miré aterrorizada a Nerea, la cual parecía muy concentrada "No, no, ¿No se lo estará pensando, verdad?" estaba pálida, más de lo que ya de por sí lo estamos los ángeles.

-¿A qué estás esperando? -hizo un gesto con la mano, indicando que se diese prisa en llegar hasta allí-.

-¡Voy, tan solo estaba pensando!

¿¡Pensando!? Lo estaba pensando, vamos, que la muy temeraria iba a saltar como el otro. Hice aspavientos por detenerla, aun sabiendo lo inútil que era teniendo en cuenta que no podía hacer más que levantar una leve brisa a su alrededor cuando era un ángel. "¡¡Que se va a abrir la cabeza!! ¿¡Es que no lo ves!?" Me estaba desesperando. "Se mata, esta se me mata..." De blanco pasé a azul y de azul a negro "P-por lo menos si se muere ahora irá al cielo, ¿No? No, no. Ahora ningún ángel está mirando, basta con que tome forma humana y..." Antes de siquiera poder tomar la iniciativa, ya se había tirado "¡No quiero verlo!" Me di media vuelta, cerrando los ojos y esperando escuchar un estruendo, mas el sonido nunca llegó. Por el contrario, pude escuchar su voz riéndose al otro lado.

-¿¡Has visto eso!? ¡Lo he hecho en la mitad de tiempo que tú! -rio con una radiante sonrisa en el rostro-.

-Nada mal para ser tu primera vez haciendo este tipo de cosas, no me equivoqué evaluando tu potencial.

¿Eh? Se me quedaron los ojos como platos, la había subestimado nuevamente. ¿¡De dónde sacaba aquellas energías!? Se estaba alejando rápidamente siguiendo a su maestro de tejado en tejado. Juntos parecían dos escurridizas sombras, protegidos por el oscuro manto de la noche. Dejé escapar un suspiro aliviado y me apresuré en seguirles. Fuerte, rápida y habilidosa, ¿Por qué no se apuntaba al circo en vez de intentar ser una asesina? Hace tiempo estuve cuidando de un trapecista, el circo era divertido y le pagaban bien, hasta que se cayó del trapecio y se rompió una pierna, claro... Pero bueno, vivía honradamente y sin riesgos de acabar en el Naraka, ¿No podía cambiar de profesión? ¿Tenía que ser una en la que se jugaba la vida?

En pocos minutos ya se habían recorrido media London. Claro, así cualquiera, vas por los tejados y no tienes que dar tantas vueltas, ¿Pero a dónde se dirigían? Edward no había comentado en ningún momento hacia dónde íbamos, tan solo aquello de dónde estaba el causante de la muerte de su familia, ¿Pero acaso no lo sabíamos ya?

A un par de metros pude percibir una extraña presencia. No era un tipo de presencia inusual, es más, se sentía como el aura de una anciana o un alma muy cansada. Lo inquietante de aquello era lo que no podía sentir. Era capaz de percibir el aura de aquella humana, pero no sentía a ningún ángel a su alrededor, lo cual no podía significar otra cosa que...

Edward se dejó caer por uno de los tejados, deslizándose por el mismo y cayendo de pie sobre un muro, he de admitir que el pelirrojo gozaba de un equilibrio envidiable. Nerea se dispuso a imitarle, en cambio; a causa de un traspiés se resbaló por el tejado y al intentar saltar al muro casi pierde el equilibrio, mas se mantuvo firme dios sabe cómo. Cuanto más la observaba, más me percataba de que preocuparme por ella era algo irrelevante, daba igual lo que sucediese, siempre acababa juzgando mal sus habilidades y llevándome un susto innecesario.

Del muro bajaron hasta llegar a un callejón. Si mal no recordaba, el aura que había percibido provenía de aquella zona, lo cual era sospechoso. Me mantuve pegada como una lapa a Nerea, no parecía tratarse de una emboscada, después de todo, Edward la necesitaba para sus propios fines, pero... Dos personas sin ángel de la guarda reunidas en el mismo lugar pasada la media noche, parecía demasiada coincidencia. Por no mencionar que se estaban adentrando a las profundidades de un callejón sin salida.

-¿Nunca te habían dicho que es de mala educación hacer esperar a una señorita? -habló una débil voz quejumbrosa-.

-Lo lamento, olvidaba cuan impaciente podía llegar a ser la tercera edad.

Nerea parecía casi tan confundida como yo. Definitivamente me había perdido algo, de lo contrario no tendría tantas dudas.

-¿Se me permite intervenir? -preguntó Nerea, siendo concedida su intervención por un gesto de Edward-. Te recuerdo que dijiste de encontrarnos con el culpable de la muerte de mi familia.

-Todo a su debido tiempo, te encuentras ante la persona que te concederá ese privilegio.

Tanto Nerea como yo miramos al mismo tiempo a la anciana de cabellos canosos, que a su vez nos devolvió la mirada. La mujer comprendía entre los 55 o 60 años por las marcas de la vejez en su rostro, sus arrugadas manos sostenían un llavero que hizo girar entorno a sus huesudos dedos. "Esta niña es la joven que dijiste que nos iba a ayudar? No parece muy curtida" comentó la anciana. "Parece" Repetí, en tono condescendiente. Yo ya la había subestimado lo suficiente como para discernir personalmente que las apariencias engañan.

Edward y la anciana, Elizabeth, procedieron a explicar sus planes; Elizabeth era el ama de llaves de la casa Anderson, y la encargada de admitir a las nuevas sirvientas. El señor Anderson era un hombre de poder, si su muerte se volvía demasiado obvia, no tardarían en investigar y llegar al fondo del asunto. Nerea era perfecta, una jovencita sin pasado, la hija de un hombre sin raíces ni porvenir, una existencia que había sido olvidada y mantenida en secreto. Si existía alguien capaz de asesinarlo y desaparecer tras ello, esa era ella.

Desde aquel encuentro, Nerea no tuvo solo que aprender el arte del asesinato y el hurto, sino también el de convertirse en una señorita educada para servir en casa de los Anderson. Las jornadas de la joven se volvieron mucho más duras, desde por la mañana aprendiendo modales con Elizabeth para por la noche entrenar con Edward, y apenas un par de horas para dormir. Aquello bajo mi punto de vista no era sano. Ni del mío ni del de Elizabeth, la cual en más de una ocasión le había ofrecido un descanso a Nerea, siendo formalmente rechazada por la pequeña.

Su aprendizaje era rápido y sin complicaciones, en menos de un par de meses había sido capaz de perfeccionar sus habilidades de asesina y volverse mucho más educada que la mayoría de las señoritas de clase alta, solo quedaba esperar a hacer su entrada como sirvienta en la gran mansión.

El día prometido llegó sin demora. Las sirvientas en la mansión estaban conglomeradas para recibir a la nueva, incluso el amo de la mansión había bajado a recibirla. Como supuse, sobre las cabezas de las sirvientas se reunían todos los ángeles, los cuales parecían conocerse unos a otros.

-¡Eh! eres el ángel de la nueva, ¿No es así? -preguntó un enérgico ángel de cabello azafrán.

-Así es, ¿Tú de cuál de ellas te encargas?

-Aquella, la de ojos esmeralda -señaló a una joven de cabello castaño oscuro, de expresión impaciente.

-Parece que tanto tú como el resto os lleváis bien.

-Por supuesto, a diferencia de con los humanos, ninguna regla estipula que debamos evitarnos entre nosotros -intentó defenderse como si mis palabras fueran un ataque-.

-Sí, supongo...

Mantuve fija mi mirada sobre el amo, contando el número de sirvientas reunidas y el número de ángeles, deduje que ninguno de ellos se ocupaba del señor Anderson, de hecho, incluso faltaban ángeles para algunas sirvientas.

-Pareces algo molesto, ¿Tiene algo que ver con nosotros? -volvió a llamar mi atención el mismo ángel-.

-Bueno... me he percatado de que faltan unos cuantos ángeles...

-Oh, sí... algunas de las sirvientas se volvieron codiciosas y cayeron bajo los encantos de Anderson, volviéndose sus "juguetes", otras no soportaron la tentación y robaron cubertería y joyas.

-¿Juguetes? ¿Cómo que juguetes?

El pequeño ángel se presentó como Mateo y me contó muchas de las cosas que ocurrían en la casa. El señor Anderson tenía 2 hijos, uno con la edad de 24 y medio y otro con 26 años. Los muchachos se dedicaban a agasajar a algunas de las sirvientas más hermosas para conseguir favores sexuales sin tener que pagar por ellos o siquiera hacerse cargo de ningún tipo de responsabilidad. Las sirvientas que sucumbían a sus encantos conociendo de antemano que tan solo iban a conseguir "pasar un buen rato" eran reportadas a los jueces del Hades, y dependiendo de la actitud que llevaban a lo largo de su vida, consideraban si arrebatarles o no sus ángeles. Las que ya habían perdido a su ángeles de la guarda eran rateras que sabían muy bien lo que estaban haciendo.

Dando por finalizadas las presentaciones, cada empleado del hogar volvió a su respectivo puesto. Nerea había sido asignada a la limpieza general de la casa debido a que la mansión constaba de tantas habitaciones que ni con las actuales 5 personas encargadas de ello daban a basto. El plan había dado comienzo, su única misión constaba de no levantar sospechas y pasar desapercibida. Una vez se hubiese ganado la confianza de sus compañeras, precedía el siguiente paso; acercarse al señor de la mansión.

Durante el tiempo que pasamos trabajando, aunque realmente yo solo miraba, me percaté de algo que nunca antes llamó mi atención; su comportamiento difería ligeramente dependiendo de si hablaba con un hombre o con otra mujer. Aquello atrapó mi interés. Tanto Nerea como Amelie, una chica un poco más joven que ella, se hicieron amigas en menos de lo que canta un gallo, su ángel de la guarda no era ningún desconocido para mi, se trataba nada más y nada menos que de Mateo, el mismo ángel que me había dado la bienvenida a aquel lugar.

Los hijos del señor Anderson no tardaron mucho en hacer su aparición, en especial el menor de ambos hermanos, Trevor, el cual parecía tener alguna clase de fijación en Nerea. Pese a que su interés no era compartido. Por el contrario, Amelie sí que parecía interesada en él. De charla con Mateo, me enteré de que Amelie llevaba enamorada de Trevor desde que empezó a trabajar en la mansión. Al escuchar aquello, no pude hacer más que negar con la cabeza; tanto Trevor como su hermano Damián arrastraban fama de utilizar a las sirvientas como objetos, ¿Acaso Amelie no se percataba de ello? Era imposible... lo sabía perfectamente y aun con ello albergaba la esperanza de llegar a significar algo más para él de lo que fueron las otras. Me comenzaba a preguntar si no fue bajo aquél mismo pensamiento, que las anteriores sirvientas perdieron sus ángeles.

Todos los días, Trevor visitaba a Nerea en su puesto para cortejarla, en aquellos momentos, la normalmente dulce mirada de Amelie se tornaba vacía y llena de odio hacia Nerea. Me preguntaba si las demás no se percataban de aquello, o si acaso les parecía normal. No tardé en averiguarlo un día, cuando escuché a las sirvientas hablar pestes sobre ella. "El amo Trevor parece haber encontrado nueva zorrilla" comentaban entre ellas las más chismosas. Amelie, también presente, tan solo escuchaba con la cabeza gacha.

-Tu trabajas junto a ella, ¿No es así? -Se dirigieron a Amelie-.

-S-Sí, yo estoy asignada a su mismo sector, pero no es como si nos llevásemos bien ni nada...

-Oh, pero si se os ve juntas muy a menudo.

-Algunas dicen que sois de esas -rio una morena-.

-Cierto, cierto, ¿Con esa mirada que le hecha cómo no hacerlo?

-Yo he escuchado que siempre rechaza al amo Trevor.

El murmullo fue escalando de forma endemoniada, sentía que me había metido donde no debía. Después de todo se suponía que debía vigilar a mi alma asignada, no entrometerme en el chismorreo de unas desconocidas. Me dispuse a volver donde se encontraba Nerea cuando de repente escuché reprochar a Amelie "El amo Trevor nunca intentaría nada con una rara, vale mucho más que eso" Me negué a escuchar más. Las relaciones humanas me superaban por mucho, no era la primera vez que escuchaba las palabras de un hipócrita, pero si que era la primera vez que sentí verdadero asco hacia las mismas.

Una vez hubo terminado la jornada, cayendo la noche; los empleados se dirigían a una habitación comunal donde se hospedaban, justo debajo del primer piso, al lado de la sala de calderas. Nerea siempre era la última en terminar debido a su extraña obsesión con dejar relucientes las superficies transparentes, pero aquel día fue distinto. Terminó su trabajo antes que ninguna y esperó a Amelie para hacerle una petición.

-¿Podrías acompañarme a los jardines?

-Es muy tarde -rechazó Amelie, estirándose-. ¿No podemos hacerlo por la mañana?

-¿Es mucha molestia? -rogó con ojos de cachorrita-.

Amelie dejó escapar un suspiro irritado sin embargo fue caminando arrastrando los pies hacia los jardines. "¿Ya no quieres ir?" preguntó dándose media vuelta al ver que Nerea no la seguía, aquello hizo a Nerea correr a alcanzarla, agarrando su mano con ternura. A veces parecía entrar en pause, como si estuviese con la cabeza en otra parte, pero al darse cuenta actuaba de inmediato, las únicas veces que aquello parecía no suceder era cuando estaba completamente concentrada en algo, como se fuese capaz de ayudarla a mantener su mente en un mismo lugar. La reacción de Amelie ante aquello fue un murmullo casi inaudible, como tratando de analizar la situación.

En los jardines olía a hierva recién cortada mezclada con la fragancia de ciertas flores que solo abrían sus capullos durante la noche. La familia Anderson parecía ser atraída por el aroma de las flores y el significado de sus nombres. En aquél jardin se podían apreciar gran variedad de plantas, no tenía nada que envidiar al invernadero personal de la señora Anderson. Entre personas de clase alta, era muy difícil encontrar a alguien con una afición como la jardinería, lo cual convertía a la señora de la casa en una persona de lo más curiosa. Algunos rumores relataban que la señora fue en su día una florista, otros que la señora en realidad era pariente de la princesa Victoria, y otros que en realidad no existía tal señora, que llevaba años muerta. Creer o no aquellos rumores era decisión de cada cual, aunque era cierto el hecho de que la señora rara vez se mostraba frente al servicio, lo cual la envolvía en un aura de misterio aún más espesa.

-¿Sabes? A mi madre le encantaban las flores cuando vivíamos en Grecia.

-¿Es por eso que me has hecho venir hasta aquí en mitad de la noche?

-No, no es eso. Hay una cosa que te quería decir de la que el resto no puede enterarse...

Mateo y yo estábamos observando atentamente, se le veía completamente absorto en la conversación. Le di un codazo para llamar su atención a lo que el chiquillo se giró algo molesto por interrumpirle.

-Lo que estuvieron hablando esta tarde las sirvientas...

-Sí, lo sé. Amelie traicionó la confianza de tu compañera.

-¿No te importa?

-Son humanos, ¿Qué esperabas de ellos? Son todos iguales.

Todos iguales... ¿Ser de una raza te diferencia de otra? Somos almas, todos iguales y a la vez distintos. En su día también llegué a pensar como Mateo, pero tras mirar a un humano directamente a los ojos me di cuenta de que no éramos tan distintos. Comenzaba a preguntarme si las reglas que nos protegían de nuestros sentimientos nos volvían arrogantes a su vez. ¿Sentirnos superiores los convertía automáticamente en seres inferiores o nos convertía a nosotros en seres incapaces de comprender a otros?

Nuestra conversación no duró mucho, sin embargó fue lo suficientemente larga como para perdernos gran parte de lo que estaban diciendo aquellas humanas.

-...aun sin poder explicarlo, sé que te amo. -Concluyó Nerea-.

-¡Las demás tenían razón! -exclamó Amelie tapándose la boca con las manos en actitud sorprendida-. Eres una... ¡Desvergonzada! ¿Cómo te atreves? Teniendo la osadía de burlarte de mi con esa confesión tuya aun teniendo el corazón del amo Trevor a tus pies...

-¡No pretendía...!

-¡Ahórrate tus falsas disculpas! -lloriqueó con lágrimas en los ojos-. Pensé que estaría bien rendirse con el amo si su amor era correspondido... si su amor podía hacerle feliz... pero no era más que una sucia mentira. Mientras que él lo daba todo por ti, tú seguramente estabas pensando obscenidades sobre otras mujeres, ¿¡Acaso me equivoco!?

Observé perpleja la escena, cómo Nerea se quedaba callada aun cuando Amelie no cesaba de soltar barbarie tras barbarie. Mirándola de cerca, estaba casi tan roja como Amelie, intentando contener sus lágrimas. A mi lado, Mateo parecía disfrutar la escena, como si se tratase de algo divertido. "Es la primera vez que veo una confesión como esta, ¡Oh! ¡La ha llamado zorra! ¿Lo has oído?" Mateo parecía feliz con todo aquello, inequívocamente el conflicto podía ser la forma perfecta de disipar la monotonía de la vida diaria, ¿Pero era totalmente necesario mostrar tal falta de respeto? No nos iban a percibir por mucho escándalo que armásemos, tampoco se enterarían si nos burlábamos de la situación, así como nunca sabrían si las compadecíamos, sin embargo, tomar sus desgracias como fuente de entretenimiento... Entre los humanos, seríamos del peor tipo, pero entre ángeles podía ser algo normal, lo cual me parecía una doble moralidad del todo injusta.

Ambas chicas se separaron, una volviendo a los dormitorios y otra sentándose al lado de uno de los arbustos florales del jardin. Mateo se despidió con una sonrisa de oreja a oreja, agitando la mano izquierda en el aire por encima de su cabeza. En cambio, yo me senté al lado de Nerea sin siquiera devolverle la despedida a Mateo. Sabía que no había nada que pudiese hacer en aquel momento para reconfortarla, después de todo no era más que un simple ángel... un ángel que ya había roto las normas una vez.

Me aseguré de que ningún ángel cotilla estuviese metiendo las narices donde no lo llamaban y fui a esconderme al otro lado del arbusto del cual Nerea se había sentado.

Ya me había visto con forma humana, si me presentaba de nuevo con la misma forma, lo más probable es que ni siquiera quisiera hablar conmigo, pero no tenía otra opción... Mismo pelo, mismos ojos, casi el mismo rostro y un cuerpo de curvas poco acentuadas. Los ángeles no nacimos para asumir ningún género, razón por la cual tanto nuestra forma masculina como la femenina era andrógina. Con el tiempo sería capaz de acentuar mejor las características, pero de momento aquello era lo mejor que podía hacer, tan solo deseaba que la diferencia fuese lo suficientemente notable para que no me reconociese como el chico que le robó su primera presa, en caso contrario no estaba segura de cómo distraer su atención de la evidencia.

El jardín de la medianoche

Salté al otro lado del arbusto y casi caigo encima suya, calcular distancias no era mi fuerte. Sin embargo no parecía haberse dado cuenta de lo que acababa de suceder, un punto a mi favor. Me sacudí la tierra y hojas de encima y me dispuse a hablarle, mas no lo hice, en su lugar palidecí al darme cuenta que llevaba la misma ropa que la primera vez que nos vimos, el traje oficial que llevan los ángeles encargados de cuidar otras almas. Existen dos uniformes de ángel, aquél que se les proporciona a los ángeles de la guarda y el que usan los ángeles de la muerte; aquellos que persiguen a los ángeles caídos.

Rápidamente imité su ropa de sirvienta e hice crecer mi cabello hasta el omóplato, esperando no ser reconocida al instante. Toqué su hombro para llamar su atención y remangué los bajos del vestido de sirvienta para sentarme a su lado.

-Vi lo que pasó allí atrás y me preguntaba si estarías bien después de todo lo que dijo.

-Así que lo has escuchado... -su rostro se vio ensombrecido como si de una tragedia se tratase- está bien, no volverá a suceder... Esta es la primera vez que te veo, ¿Me equivoco?

"Esta es la primera vez que te veo" sin lugar a dudas ya no me recordaba, pese a ello, su rapidez para secarse las lágrimas y cambiar de tema, me sorprendieron. Siempre tuve la sospecha de que no le gustaba mostrar su lado débil ante nadie, mas me sobrecogió la rapidez en que trató de evitar que me entrometiese en sus asuntos.

-Ah, si... soy la sirvienta personal de la señora de la casa, no suelo relacionarme mucho con el resto.

Nada más dar comienzo la conversación, ya le había mentido, y mis mentiras no terminaron ahí. Comenzamos a hablar del trabajo en la mansión y de los dueños de la misma, así como de las otras sirvientas y empleados. Curiosamente coincidíamos en muchas cosas, por mucho que cambiásemos de tema siempre acabábamos adoptando la misma postura.

No tardó mucho en empezar a reír pese a tener los ojos rojos y la nariz congestionada. Me levanté y junto con una despedida, sequé las lágrimas restantes que aun reposaban en sus mejillas, humedeciéndolas y otorgándoles a su vez un etéreo fulgor. "Supongo que no volveremos a vernos, pero fue un placer conocerte. Espero que este tipo de cosas no vuelvan a lastimarte" Volvía a gozar de la dicha de no haber sido descubierta, pero por más que codiciase quedarme, no podría fingir lo que no soy por mucho tiempo.

-¿No podremos volvernos a ver aun si quedamos en este mismo lugar?

-Temo que es improbable que nos veamos aun si vinieses cada noche.

-Podría hacerlo.

-¿Acaso no deben las sirvientas despertar temprano?

Repuse en forma de pregunta, mientras mis palabras se desvanecían en el viento según me alejaba de ella. Tras haber tomado una distancia prudencial, recuperé mi verdadero aspecto y volví junto a Nerea, la cual regresaba a los dormitorios, no sin antes volver la vista atrás, contemplando el camino en cual me había perdido de vista. Entrando a los dormitorios se quedó unos momentos frente a la puerta, parecía dudar de entrar o no, pese a ello, sacudió la cabeza en gesto de negación, como si intentase convencerse a si misma de algo. Cruzó el pasillo que separaba los dormitorios en dos secciones y al llegar a su cama se dejó caer sin miramientos, clavando la vista al techo. Me hubiese agradado tener aquél poder del que no muchos ángeles gozaban, la capacidad de leer mentes. Solo por un minuto, un segundo en el cual fuese capaz de comprender lo que rondaba en su cabeza.

A la mañana siguiente, una a una, las sirvientas se desperezaban y volvía a sus puestos de trabajo, todas menos un grupito a lo lejos en el que se encontraba Amelie. La risa de Mateo era inconfundible.

Me dispuse a acercarme a curiosear, no obstante y contra todo pronóstico; Nerea se me adelantó. Amelie se encontraba rodeada de otras sirvientas, parecían tener una animada charla entre ellas, con Amelie como anfitriona, por desgracia, la conversación se vio interrumpida con la intrusión de Nerea. Todas las sirvientas la miraron sin decir palabra, a excepción de Amelie, la cual se paró frente a ella con una dura expresión en el rostro. Ambas se miraron, pese a que Nerea evitaba que sus ojos se encontrasen, esto molestó visiblemente a Amelie, la cual rompió el silencio en el que la habitación se hallaba sumida.

-¿Sabes? Dudo de tu disolutez, no creo que te gusten las mujeres, es más, me atrevería a decir que todo esto no ha sido más que un juego por tu parte.

-¿A qué te refieres con eso? -Preguntó Nerea con voz temblorosa, incapaz de analizar la situación en que se encontraba-.

-¿No me has escuchado? Te veo incapaz de amar a alguien, no hay más que ver la forma en que rechazas al amo Trevor, y... ¿Debería añadir lo de anoche? Témome que nuestras compañeras aun no saben nada.

Nerea palideció en el acto, así como yo secundé su expresión. La veía capaz de hablar mal de ella a sus espaldas, pero no llegué a imaginar que lo llevaría tan lejos, ¿De verdad le había resultado tan molesta la declaración de Nerea? ¿O había sido por la atención que Trevor le prestaba?

Por primera vez, fui capaz de contemplar una nueva faceta de Mateo, se encontraba de brazos cruzados con expresión dubitativa. Me acerqué a él y le pregunté directamente:

-Sabes algo de por qué le ha afectado tanto, ¿Me equivoco? Pensé que no te interesaban los asuntos de los humanos.

-¡Claro que no! Bueno... -apartó la mirada de la escena y se centró en mi- antes no era así... era una chiquilla dulce, pero aquello cambió cuando su familia se rompió, su padre le puso los cuernos a su esposa con una mujer de cabaret, con lo cual ella... ella... lo envenenó. Pero a nadie pareció sorprenderle, ni a ángeles ni a humanos...

-... ¿Tienes miedo de que Amelie sea igual?

-No, eso no tiene nada que ver conmigo... incluso si hace algo malo, no será a mi a quien carguen con la culpa, tan solo tengo que observarla sin interferir.

Desde el primer momento en que vi a Mateo, supe que era un alma joven, este no sería más que su primer o segundo encargo. Comprendí que tras su sonrisa se ocultaba un miedo atroz, pese a que no estaba muy segura de a qué asociarlo. Los primeros encargos siempre son los más complicados, al igual que las almas recién nacidas, no somos capaces de discernir por completo qué está bien de qué está mal, a veces nos encariñamos demasiado con aquellos seres a los que cuidamos, otras tenemos miedo de no cumplir con las expectativas de nuestros superiores.

Las palabras de Mateo se encontraban vacías, mas su mirada me narraba toda una historia que él no estaría dispuesto a contar. Para un crio, debió ser difícil ver la crueldad con la que el mundo nos paga, no solo a los ángeles sino también al resto de seres vivos, algo como la "justicia" era una vertiente desconocida para la mayoría, pues todos elegían su propia justicia, aunque aquello pudiese significar una injusticia para otros.

En la mayoría de los casos, la realidad se conoce en pequeñas dosis. Un poco de felicidad por un lado, un poco de dolor por el otro, la malicia que tuvieron que presenciar tanto Mateo como Amelie... Indiscutiblemente tenían su punto para adoptar tales conductas de las que hacían gala, pero aquello no beneficiaba a nadie, sino que los más perjudicados estaban siendo ellos mismos.

-En ocasiones... decidimos afrontar la realidad cerrándonos a ella, alegando que la conocemos de sobra y negándonos a seguir adelante.

-¿A qué te refieres con eso?

-No todas las almas son iguales, Mateo. Sé que a veces puede resultar difícil estar forzados a mirar sin poder intervenir, pero pensar que todos las almas son iguales es un error.

-¿No eras tú quien se enfadaba conmigo por pensar que somos diferentes?

-Creo que no me has entendido...

-¡Claro que no te entiendo! Esperáis que venga aquí y me comporte como vosotros, como los mismos que habéis repetido esto cientos de veces -la forma en que alzó la voz, atrajo la atención de los ángeles del resto de sirvientas-. No paráis de bombardearme con críticas, dándome ideas contradictorias de cómo debería sentirme respecto a otros seres vivos... ¡No os entiendo! A ninguno de vosotros.

Dejé escapar un suspiro mientras Mateo se alejaba tanto de mi como de las miradas de los otros ángeles. Por su lado, Nerea también estaba pasando por una situación similar, siendo blanco de las miradas de sus compañeras mientras Amelie se desahogaba con ella. No lo tenía claro, sin embargo comencé a asociar la furia de Amelie con las palabras de Mateo, posiblemente se había enfadado de tal modo debido al uso tan ligero que le había dado Nerea a unas palabras tan pesadas como podían ser el amor, pese a ello, aun había algo que me molestaba. Podía enfadarse por la despreocupación con la que Nerea escogía sus palabras, ¿Pero qué tenía que ver Trevor en aquél asunto? Siendo Amelie, no utilizaría una palabra como "enamoramiento" sobre ella misma, sin embargo parecía aludirla en más de una ocasión.

Amelie, por muy ruin que pareciese en un principio, no se atrevió a delatar a Nerea, ni a hacer más comentarios acerca de aquella noche, pero no fue suficiente para alejar la atención que ya habían atraído.

Los días, al igual que las noches, se sucedían perezosamente. Como dijo que haría, la pequeña humana me esperó noche sí y noche también en el mismo lugar donde nos conocimos, aquél ímpetu con el que se negaba a dejar de buscarme, comenzaba a atraerme más de lo que ya lo hacía.

Mayo, día 22 de 1834, la primavera en la mansión Anderson siempre fue una época muy esperada, según escuché de Mateo, pues suponía un gran alivio para el personal trabajando en la misma, el hecho de que los dueños se ausentasen de la casa durante todo el mes de mayo hasta el 10 de Junio, significaba un largo periodo de tiempo que los empleados podían utilizar para relajarse. No obstante, para Nerea no era más que un inconveniente que ralentizaba su misión principal; acercarse al señor Anderson y obtener información para luego deshacerse de él. Por otro lado, la situación era perfecta para mi, me proporcionaba algo más de tiempo para barajar mis opciones, ¿Pero cuales eran aquellas opciones? Ni siquiera podía aparecer y detenerla yo misma, pues los ángeles de la muerte me incluirían ipso facto en su lista negra.

Solo me quedaba una última opción, la que parecía ser la menos arriesgada, ¿Quería volverme a ver? Por mi sería un placer aparecer de nuevo y hacerle olvidar la razón por la cual llegó a la mansión en primer lugar. A veces, mi resolución de los problemas se volvía un tanto drástica, asumiendo riesgos innecesarios. Justo como dijo Mateo "Incluso si hace algo malo, no será a mi a quien carguen con la culpa", aquellas palabras resonaban en mi cabeza, pues eran completamente aplicables a mi... y aun con todo, las sentía erradas. Comprendía perfectamente que mi egoísmo y fijación por aquella humana me condenarían, sabía que ya había hecho más de lo que podría perdonárseme, y a pesar de ello, me veía incapaz de dejar que algo malo le sucediese, aun si suponía un riesgo para mi. Con el tiempo, me di cuenta del verdadero significado de los sentimientos que en secreto le procesaba.

Como llevaba haciendo todas las noches, Nerea se quedó esperando junto al mismo arbusto en que nos vimos por primera vez, nada parecía distinguir aquella noche de las anteriores, siendo capaz de vislumbrar un atisbo de decepción en sus ojos pese a la pobre iluminación que prestaba la luz de luna, la cual era bloqueada impíamente por negros nubarrones que anunciaban tormenta. No podría haber escogido peor momento para aparecer.

"Parece que realmente me has estado esperando... creí haberte dicho que no era necesario" bromee, posando una mano en su hombro desde atrás. Casi creí que intentaría golpearme por la rapidez en que se giró, sin embargo estaba completamente equivocada. En su rostro se dibujaba una hermosa sonrisa que no recordaba haber visto más allá de cuando era pequeña, una pequeña punzada de nostalgia me atravesó el pecho, dándome a entender que los años no pasaban en vano.

-¡Sabía que volveríamos a vernos! -Exclamó excitada-.

-Bueno... -me encogí de hombros-. Puede que hayas tenido suerte por esta vez.

Me senté justo al lado de unas Silene Nutans, plantas que solo florecían de noche y la invité a sentarse a mi lado, cosa que hizo sin mucho reparo. Tomé una de las flores y la sostuve, observándola indiferente.

-¿Te gustan las historias? -Le pregunté a Nerea, con la planta aún en la mano-.

-Así es -Fue su tan esperada respuesta- me gusta tanto el teatro como las novelas, por desgracia nunca he podido acudir a la representación de ninguna obra.

-Ciertamente es lamentable que el hecho de poder presenciar una actuación esté reservado para personas adineradas, no obstante, si ahorras lo suficiente, no te sería del todo imposible presenciar una.

-Lo sé, sin embargo tengo algo importante que llevar a cabo antes de poder dejarme llevar por mis deseos.

-Hmmm... entonces supongo que no te interesará escuchar una pequeña historia por mi parte...

-¡Oh, no, por favor! -Exclamó nerviosa-. Me encantaría escuchar tu historia.

"En ese caso..." Acomodé la flor en su cabello, girando el tallo alrededor de uno de sus mechones de modo que la flor no saliese volando.

"Imagino que ya conocerás el nombre de algunas de las plantas que se hayan en este jardin, ¿Me equivoco? Esta en concreto se llama Silene Nutans, nombre vinculado a Sileno, dios de la embriaguez y padre adoptivo de Dioniso. Se decía que cuando Sileno estaba ebrio, poseía una sabiduría especial y el don de la profecía. Un día, Sileno se embriagó y acabó perdido. Dos campesinos que estaban de paso, se encontraron con aquel individuo borracho y decidieron llevárselo a su rey, Midas. Por el camino, Sileno les obsequió con asombrosas historias, hasta que a la semana, llegó ante el rey, al cual ya conocía.

Para celebra su reencuentro, estuvieron diez días y diez noches de fiesta, tras los cuales el anciano fue devuelto a Dioniso. En compensación, este último le concedió un deseo al rey midas, deseo que utilizó para pedir que todo lo que tocase se convirtiese en oro."

-Pero aquello le supuso un problema a midas a la hora de consumir alimentos -Continuó Nerea-. De modo que le pidió a Dioniso que revocase su don.

-Efectivamente -aplaudí con brevedad-. Al parecer conoces la historia.

-Mi padre solía contarme algunas leyendas, aunque no conocía la de Sileno...

-¿Y conoces la historia de Eurídice?

-¿Eurídice? No tengo el gusto.

"Eurídice era una ninfa de Tracia. Un día Orfeo la conoce y ambos se enamoran. El día de su boda, Eurídice sufre un intento de rapto por parte de Aristeo, un pastor rival de Orfeo. Ella escapa, pero en su carrera pisa inadvertidamente una víbora que le muerde un pie y le provoca la muerte. Orfeo, en su congoja, decide bajar a buscarla al inframundo, tras muchos impedimentos, Orfeo consigue hablar con Hades y convencerle de devolverle a su amada, con una condición. No contemplar el rostro de su amada hasta que ambos no saliesen de sus dominios."

-¿Consiguen salir a salvo?

-Aún no he terminado -posé un dedo sobre mis labios, dándole a entender que guardase silencio-.

Me estiré, y acomodé antes de concluir la historia "Orfeo no se pudo resistir y miró a su amada, con aquel gesto, Orfeo fue expulsado del inframundo y privado de volver a ver a su esposa. Así, sin motivo alguno por el cual vivir, vagó por el mundo con su lira hasta cruzarse con las Ménades, séquito del dios Dioniso, quienes le pidieron que les tocase alguna pieza con su lira, sin embargo, el apenado Orfeo se negó y las Ménades le cortaron la cabeza, arrojándola al rio."

-Oh... -Suspiró Nerea, algo apenada-.

-¿La historia no ha sido de tu agrado?

-No... tan solo hubiese preferido otra clase de final.

-Bueno, con Orfeo muerto, tal vez se reencontró con Eurídice, ¿No es así?

Pasaron las horas, ambas estábamos inmersas en nuestro propio mundo de fantasía, contando relato tras relato; hasta que calló dormida. Faltaba poco para el amanecer, no podía arriesgarme a ser descubierta ni tampoco dejarla allí sola. Traté de despertarla, pese a que su tierna expresión aletargada rogaba que no lo hiciera. "Si te duermes a la intemperie vas a pescar un resfriado", "¡Mira! ¡Amelie está discutiendo con Trevor!", "Eh.... la ama de la casa está justo en frente..." dijese lo que dijese no parecía tener efecto sobre ella, llegaba a dudar siquiera de que me pudiese escuchar. Solté un suspiro irritado y me la quité de encima, pues había estado usando mi hombro de almohada.

-Suficiente, si no te levantas por las buenas, tendrá que ser por las malas.

Nerea me miró desde el suelo con mala cara y acto seguido volvió a cerrar los ojos, ignorándome por completo. "¡Pero será posible...!" refunfuñé y rindiéndome, tomé mi forma de ángel de nuevo. Por lo menos lo había intentado pese a no haber conseguido nada.

A la mañana siguiente, los rumores de que la nueva sirvienta dormía en los jardines como un animal asilvestrado, se habían propagado casi tan raudos como aquellos que la acusaban de safismo. Y aun con todo, no parecieron ser suficientes para compelerla de abstenerse a actuar como acostumbraba a hacerlo.

Incontables lunas fueron las que compartimos en aquél jardin, ocultas de la mirada de los fisgones. Intercambiando relatos y guardando secretos, mas nunca se me pasó por la mente la absurda idea de confesar mi condición sobrenatural. No obstante, si de confesiones se tratase, lo cierto es que no escatimé en algunas. La primera fue quebrando el alba, rodeadas por la cálida luz ambarina que nos imbuía junto al resto del jardin, me acerqué a ella, contemplando el amanecer y en tono dulce a la vez que algo melancólico, le recité un antiguo poema:

¡Oh, tú en cien tronos Afrodita reina,
Hija de Zeus, inmortal, dolosa:
No me acongojes con pesar y sexo
Ruégote, Cipria!

Antes acude como en otros días,
Mi voz oyendo y mi encendido ruego;
Por mi dejaste la del padre Zeus
Alta morada.

El áureo carro que veloces llevan
Lindos gorriones, sacudiendo el ala,
Al negro suelo, desde el éter puro
Raudo bajaba.

Y tú ¡Oh, dichosa! en tu inmortal semblante
Te sonreías: ¿Para qué me llamas?
¿Cuál es tu anhelo? ¿Qué padeces hora?
—me preguntabas—

¿Arde de nuevo el corazón inquieto?
¿A quién pretendes enredar en suave
Lazo de amores? ¿Quién tu red evita,
Mísera Safo?

Que si te huye, tornará a tus brazos,
Y más propicio ofreceráte dones,
Y cuando esquives el ardiente beso,
Querrá besarte.

Ven, pues, ¡Oh diosa! y mis anhelos cumple,
Liberta el alma de su dura pena;
Cual protectora, en la batalla lidia
Siempre a mi lado.
Nerea se quedó escuchando sin proferir palabra hasta que terminé. Ladeando la cabeza en gesto de confusión; me preguntó por el significado de aquellos versos, duda que me negué a responder, contestando "Algún día no tendrás que preguntar su significado, pues sentirlo será suficiente para que lo comprendas" al mismo tiempo que me despedía de ella.

¿Podrías olvidarme?

Ya era 3 de Julio, y el calor del verano amenazaba con derretir a aquél osado que pretendiese poner un pie en la calle. Para estas fechas, tanto el amo como el resto de la familia deberían haber regresado, sin embargo continuaban en paradero desconocido. Se rumoreaba que el hijo mayor de la familia, Damián, acababa de prometerse con la hija de un adinerado empresario. Aquellas eran buenas noticias para el personal de la mansión, no tanto así para Nerea, la cual tendría que esperar aún más tiempo para cobrar venganza.

De vez en cuando, Nerea y Elizabeth quedaban tras finalizar sus quehaceres. La a primera vista dulce ancianita, en realidad era una mujer de armas tomar. Contándole a Nerea las numerosas anécdotas de las cuales era protagonista. Historias de amor y odio, injusticia y rebelión. En sus años de juventud, la señora había sido toda una alborotadora, no era de extrañar su carencia de ángel de la guarda.

Cuando me paraba a pensarlo, mil dudas venían a mi mente, ¿Realmente merecía una persona tan aparentemente juiciosa caer al Naraka? El día del juicio... ¿Era algo de lo que nosotros los ángeles estuviésemos exentos?

En más de una ocasión casi caigo dormida escuchando las historias de Elizabeth, pese a que los ángeles no necesitásemos suplir necesidades primarias como dormir. No porque fuesen soporíferas, sino por el ambiente que estas recreaban. Escuchar su pausada voz narrando experiencias de su pasado sin añoro ni arrepentimiento, solo con genuino gozo sobre sus actos, me transmitían un sentimiento de calma que no habría cambiado ni por todo el oro del mundo.

Aquellos pequeños momentos me hacían recordar cómo era la antigua vida en Grecia, no en la Grecia de Alejandro Magno, sino en la Grecia anterior a la revolución. Cuando la vida era más fácil y tanto Nerea como sus hermanos no tenían más preocupaciones que las de no romper nada al jugar. Cuando la abuela Aileen preparaba ostentosas cenas capaces de acabar con el hambre de hasta el más glotón y el abuelo Eugene contaba sus batallitas sentado en su sillón, frente al refulgente fuego de la chimenea.

Odell, el padre de Nerea solía pasar la mayor parte del tiempo en su taller, mientras que Cassandra, la madre, ayudaba a su suegra a preparar la mesa y llamar a toda la familia. Eran tiempos maravillosos, incluso entre los ángeles compartíamos un lazo especial. Aquellos eran buenos tiempos. Si mis compañeros pudiesen verme en estos momentos... ¿Qué pensarían de mi?

Principalmente Haserot, el ángel de la guarda del abuelo Eugene. En tan solo 6 años nos habíamos vuelto muy cercanos, le consideraba como mi amigo y confidente. Un año antes de que la familia inmigrase a Londres, Eugene murió por problemas de corazón y tuve que despedirme de Haserot, no mucho después, Aileen también murió. Los médicos aseguraban que fue a causa de la edad, pero entre los ángeles sabíamos desde la muerte de su marido que no le iba a quedar mucho. A su edad, la perdida podía ser uno de los peores venenos.

Me estiré y fijé la mirada en un pequeño sobre canela sin ningún sello que le entregaba Elizabeth a Nerea bajo la mesa. A punto estuve de perderme un detalle como ese. Los ángeles que se distraían de su trabajo eran severamente castigados, una razón más para no dormir. De todas formas ¿A qué tenía miedo? No me castigarían por una siestecita de nada, me condenarían por todas las faltas que llevaba cometiendo clandestinamente.

Nerea se retiró a los dormitorios y guardó la carta bajo la almohada antes de salir corriendo en dirección a los jardines, en ese momento me pregunté cuánto tiempo había pasado embobada recordando otros tiempos... Añoraba la tranquilidad con la que se sucedían los días, la seguridad que rezumaban aquellas cuatro paredes, y el soporte que suponía Haserot. Sabía que aquellos días no regresarían, y me sentía egoísta por ser yo quien los desease de vuelta cuando quien más había sufrido la pérdida había sido Nerea.

La luna brillaba esplendida en todo lo alto, opacando las estrellas, la suave brisa removía y mezclaba el aroma de las flores, y el leve chirrido de las cigarras ocultas entre la vegetación, rompía el silencio de la noche. La joven de cabello castaño claro y ojos melosos aguardaba sentada sobre el bordillo de la fuente que hacía de centro del jardin. Su imagen difuminada se veía reflejada en las aguas cristalinas mientras pasaba la mano sobre el reflejo, deformándolo, pero incapaz de dejarlo irreconocible, no al menos para mis ojos, los cuales habían pasado tanto tiempo observándola que me temía haber vuelto incapaz de no evocarla.

"¿Llevas mucho tiempo esperando?" Pregunté por cortesía, sentándome a su lado, aun sabiendo que apenas llevaba un par de minutos allí sentada. De cerca se distinguían mucho mejor sus rasgos, los cuales diferían considerablemente a los de su misma etnia. Con pequeños ojos almendrados y finas cejas dibujadas sobre el lienzo de su rostro, ni pálido ni curtido. Una nariz de puente alto y ligeramente arqueado, y unos apetecibles labios que por más que admirase; no rozaría. Contemplar su semblante se había vuelto una adicción fomentada por el deber de vigilarla como su ángel de la guarda bajo el que siempre me escudaba.

Era en noches como aquella en las que podía deleitar mi vista durante horas mientras conversábamos, pese a que aquellas horas no supusiesen más que breves instantes para mi, instantes que deseaba fueran eternos. Con tal desasosiego que al volver en mi, sentía vergüenza y decepción a partes iguales. Aquella cría atolondrada había conseguido finalmente hacerme admitir mis sentimientos por ella. Todo a causa de su endemoniadamente dulce expresión y absurda inocencia. La forma en que se esforzaba hasta no poder más en su entrenamiento con Edward y su actitud soñadora pese a ser consciente del mundo en el que vivía, no hacían más que empeorar mi inestable condición.

La cercanía de la que podía gozar a su lado, la complicidad, la satisfacción de hablar con ella... no era suficiente. En algún momento dejó de serlo sin que me diese cuenta, y comencé a desearla más. Más incluso de lo que ya lo hacía, sin importar las restricciones. El cielo no era lugar para mi; ni los cielos ni el infierno si no me podía encontrar con ella.

Tenía que alejarme, pero no encontraba cómo. Sabía que el arrepentimiento de no intentar nada pese haber sido tan próxima, carcomería mi alma. Apenas prestaba atención a nuestra conversación, inmersa en mis pensamientos, algo que Nerea fue capaz de notar al instante.

-Pareces algo ausente...

-No es nada, parece que la falta de sueño comienza a afectarme.

-No te creo. Sabes que no me gusta que te calles las cosas.

Odiaba esos momentos en los que trataba de ayudarme, su preocupación solo conseguía que me volviese más apegada a ella. Los ángeles, por lo general evitaban inmiscuirse en los asuntos de otros ángeles, volviendo la compasión y la dependencia algo exclusivo de algunos humanos. Tomé su mano entre las mías y la acaricié dulcemente, reconfortándome con la suave textura de su piel. Miré a sus ojos con una expresión suplicante y dije:

-Créeme, no querrás saberlo.

Nerea colocó su otra mano sobre las mías y las oprimió juntas. Sus manos eran cálidas y pese a dar la sensación de ser las pequeñas y delicadas manos de una jovencita, eran sorpresivamente más fuertes y experimentadas de lo que aparentaban. Me sostuvo la mirada con decisión, gesto ante el cual no me pude sublevar por mucho que quisiera. "¿Aún quieres saberlo...?" musité, acercando mi rostro al suyo. No se retiró pese a mi repentino acercamiento, lo cual consideré como una invitación a continuar con lo que estaba haciendo.

Liberé mis manos de su agarre, y con la derecha acaricie una de sus esponjosas mejillas, mientras que con la izquierda rodeé su cintura en un abrazo con el que acercarla a mi. Parecía un sueño poder tenerla entre mis brazos ¿Acaso no lo era? La fragancia de las flores del jardín me embelesaba, parecía nublar mi juicio y obligarme a tomar acciones de las que más tarde me arrepentiría...

No, no era eso. Ya era hora de tomar responsabilidad y dejar de ocultarme tras excusas. La corta distancia entre ambas desencadenaba un frenesí de emociones que nunca antes había sentido. ¿De qué me había estado privando todo este tiempo? Besé sus exquisitos labios, haciendo estallar en los míos un abanico de sensaciones desconocidas para mi. No era suficiente, necesitaba aún más. Me incliné hacia atrás y la arrastré conmigo, posándola sobre mis piernas mientras aun nos besábamos, bajé la mano de su mejilla por su pecho, el cual era ligero y mullido; hasta su cintura nuevamente, acariciando cada tramo en el trayecto por encima de la ropa y encontrándome con la mano izquierda, cerrando el abrazo en torno a su cintura.

Introduje mi lengua en su boca, saboreando su interior y notando un cambio en su respiración a una más rápida y desacompasada. Su pecho subía y bajaba haciendo juego inocuo con su entrecortada respiración, mientras que yo era deleitada por la candencia del fuego en su boca y la calidez de tener su cuerpo sobre el mio.

Cuando nos separamos, faltas de aire, no supimos qué decir. En especial yo, la que lo había iniciado. Rápidamente y sin decir palabra, Nerea posó sus labios sobre los míos en un fugaz beso que no pude comprender, ¿Significaba aquello que no me había rechazado?. Acto seguido, se bajó de mi regazo sin siquiera dirigirme la mirada y se fue corriendo, dejándome sola con mis pensamientos. Me senté derecha y junté las manos, mirando al suelo. Se había marchado y mi deber como ángel de la guarda era seguirla a todas partes, sin embargo no me terminaba a hacerlo.

Alcé el rostro al cielo, echándome el flequillo hacia atrás para que no me estorbase en los ojos y miré fijamente a la luna. Tan distante en su mar negro de gris oleaje. Me recordaba a la primera vez que nos encontramos. Bañada por la luz de la luna, aun si no era más que una forajida encapuchada y yo un joven sospechoso.

"Ren" musité en un suspiro. Ese era el nuevo nombre del que me jactaba por haberme sido concedido por ella. Reverie, ensueño, nunca imaginé que el nombre que escogí hacía siglos me podría definir tan bien. Se había convertido en algo tan irreal que comenzaba a preguntarme si no lo estaba soñando todo. De ser así, era un sueño del que no quería despertar jamás. Pero aquello era mucho tiempo, más del que sabía que Nerea viviría.

¿Los ángeles caídos sabían aquello? Que aun si no eran cazados, sus relaciones con los humanos no durarían... ¿Deseaban entonces morir con sus seres queridos? ¿O simplemente se oponían a las normas del Hades? Si continuaba con aquel martirio, me estallaría la cabeza. Regresé a mi tarea de vigilar a Nerea, la cual estaba profundamente dormida en su cama frente a la de Elizabeth. Los demás ángeles no parecían haber notado mi ausencia, charlando unos con otros animadamente.

A la mañana siguiente, cuando todas las criadas a excepción de Nerea y Elizabeth se habían marchado. La más joven de ambas levantó su almohada, haciéndose con un sobre que había bajo la misma.

"Imagino que sabrás por qué te escribo. Rondan rumores de que un Freak Show, circo de fenómenos, ha llegado a la ciudad. Entre sus integrantes se encuentran una mujer barbuda albina, un forzudo enano y un faquir con malformaciones, cuentan por ahí que esos tres llevan tiempo tramando algo en contra de la futura reina. Tu trabajo será mantenerles vigilados y si ves algo sospechoso, quitarlos de en medio."

La carta era clara, quería deshacerse de aquellos circenses. Escrita en tinta alemana y firmada por el mismísimo Edward, la letra era la suya, y el tipo de pigmentos en la tinta se trataban de unos inconfundibles; la marca favorita del pelirrojo, no era una falsificación... ¿Pero por qué elegía a Nerea en lugar de hacerlo él mismo? Nunca me fie de aquél hombre, o mejor dicho, nunca me gustaron los principios que intentaba inculcarle a mi protegida. Nerea por su parte, parecía entusiasmada con su "misión", se lo tomaba como un deber que cumplir más que como un encargo que en cualquier momento podría ignorar.

Historia completa

Esto no es más que un resumen de los capítulos, cuando la historia sea completada, dejaré un link. (Posiblemente, si no se me olvida :P)